• Jaim Royo

ב.

ב.

Vivía en una tienda de campaña, en la azotea de un viejo edificio del centro del Tel Aviv, en Rashi St. El edificio era de piedra, parecía extraído de un bloque de granito. Estaba a punto de caerse. Lo iban a derribar. La puerta era rosa pálido, en la hoja de la izquierda ponía: entre des artistes; y en la de la derecha había un pequeño grafiti de tres sombras vestidas del dieciocho, dos hombres y una mujer. Abrí marcando el código de seguridad y subí por las escaleras, también de piedra, flanqueadas de cachivaches y cuadros y cosas tan variadas que te hacían sentir mágico, un espejo, una bici, una muñeca, porcelanas, telas. Mientras subía pensaba que me quedaban tres noches y después o encontraba algo o tendría que irme a no sabía dónde. Arriba estaban Danny, Adar y un hombre al que no conocía y que, al igual que yo, usaba kipá; él tenía los tzitzit por fuera de la camisa. Danny repartía comida en bicicleta y le pegaba al araq desde primera hora de la mañana, moreno, pecoso y callado miraba con esos ojos que sientes hurgar en tu cartera; Adar era alto, fuerte, tenía pinta de galán, iba siempre en bañador, uno con flores, había sido soldado, nunca me quedó claro si de los Estados Unidos o de Israel, y se dedicaba a mover pequeñas cantidades de droga. Estaban sentados en los sofás de la zona común, debajo de las telas, en torno a la mesa. Danny fumaba un canuto de hierba, Adar escribía su diario mientras masticaba una chocolatina y el nuevo daba la impresión de no hacer nada y estar pendiente de todo.

Ni él me saludó ni yo le saludé a él.

- ¿Tienes araq? – le pregunté a Danny.

- ¿Una mala tarde?

No respondí, Danny señalo la nevera y fui a servirme un vaso.

- ¿No guarda el ayuno? – me preguntó el nuevo.

Tampoco me acordaba ya del ayuno.

- Un religioso debe guardar el ayuno – insistió él.

- Es verdad que la tarde ha sido mala – reconocí olvidando el araq y dando media vuelta para ir a sentarme con ellos.

Las barbas del nuevo eran densas, le tapaban el gaznate. Era un hombre delgado, de esos que parecen una vid, fibroso, me refiero, y no adiviné si tendría treinta y tantos o cincuenta y tantos; ya saben, ese fuego en las venas que te macera en siglos de reposo haciéndote distinto a lo que cualquiera imagine. Llevaba una camiseta azul sin mangas, pantalones gastados que en algún momento debieron ser negros, iba descalzo. Su kipá estaba recosida. «Otro» pensé. A aquella azotea solo llegábamos vagabundos, aventureros y pasados de tuerca. Me pregunté a cuál de las tres categorías pertenecía o si pertenecía a las tres.

- El peor día – dijo él – es el mejor para darse cuenta.

- ¿Cuenta de qué? – pregunté.

Y me quedé así, mirándole, mientras recordaba el momento en el que, después de soltar mi izquierda, amagué un esquivo, di un paso al lado y me cubrí en espera de que el chaval se posicionara y empezase el jaleo de verdad. «Hoy se destruyeron los dos templos» me dije, «y mi paz se ha ido al garete.»

- He golpeado a un hombre – confesé. Sentía un peso enorme.

- ¡Oh… ¿Se encuentra bien?

- Lo cierto es que no quería seguir trabajando, ni allí ni en ningún lado.

Eso pareció interesarle.

- ¿Y qué va a hacer?

- Nada.

- ¿De qué vivirá?

- No sé, a ver si acaba el ayuno y me tomo una cerveza.

Me extendió su mano.

- Jonatán ben Bag – dijo. – Llámame Jon.

- Samuel Azriel – le respondí estrechándola.

Adar levantó la cabeza del diario y nos dirigió una mirada tranquila. Tuve una impresión rara, como si nos pusiera un sello con su forma de mirarnos.

- Ya no es fácil derribar el templo – siguió Jon, y a mí me vino a la cabeza aquella frase que le escuché a un rabino de la yeshivá y que me acompañaba desde entonces: «la raza humana está loca; la única diferencia entre nosotros y los otros pueblos es que nosotros lo sabemos.»

- ¿Le parece bien pegarse el 9 de Av? – le pregunté.

- Bien, mal, ¿es usted bipolar?- respondió Ben Bag.

Iba a soltar algo y no supe responder, diablos, me quedé pensativo. «Esto es lo que pasa» rumié «los judíos nos hacemos pensar.»

- Como decía la canción, los tiempos están cambiando – continuó Ben Bag. – Ahora lo llaman inversión de polaridad magnética.

- ¿Qué canción?

- La de Bob Dylan, ¿conoce la letra?

Danny cerró su cuaderno y se echó a cantar.

- Come mothers and fathers / throught the land / and don´t criticize / what you can´t understand / your sons and your daughters / are beyond your comand.

Entonces se le unieron Adar y ben Bag y tarareaban los tres el tema de Dylan como si fuera un salmo.

- ¡For the times they are a-changing! ¡Come writers and critics / who prophesize with your pen / and keeps your eyes wide / the chance won´t come again / and don´t speak to soon / fot the wheel´s still in spin / and there´s no telling who / that it´s naming / for the loser now / Will be later to win! / ¡For the times they are a-changing!

Allí estaba, acabando el ayuno del 9 de Av mientras los chicos del camping en la azotea daban la impresión de celebrar que le hubiera zurrado a un tipo, y otra vez me dieron ganas de echarle un trago a la botella de araq. Me pregunté qué lógica tenía toda esta escena, «ok, el chaval rendía culto al cuerpo» me rasqué el cogote, «el último escondite del materialismo son los gimnasios». Ellos seguían dándole a la canción y fui otra vez a decir algo, una pregunta sobre el tercer templo y el cambio de polaridad y todo ese rollo, pero Jon se me adelantó.

- La piedra que todos desecharon es la piedra angular[1] – dijo poniéndose de pie e inclinándose hacia mí. – Usted le ha cascado a Nabucodonosor y Tito a la vez, no tenga miedo que de arrepentirse tendrá tiempo. Yo le enseñaré.

- ¿A arrepentirme?

- A que no le pase nada.

Me levanté un poco harto y fui a mirar si habían salido tres estrellas y podía dar por acabado el ayuno.

- ¡Eh, Samuel! El tercer templo está hecho de almas – concluyó Jon a mi espalda.

- ¿Y mi paz? – me volví tras comprobar que aún había demasiada luz.

- ¿Qué le pasa a su paz?

- Pues que ahora me espera una buena guantada en respuesta al puñetazo que he dado.

- ¡Oh, si! Hay millares de ángeles deseando dársela pero, ¿quiere recibir una guantada? ¡Pensaba que era usted un hombre libre!

- ¡Eh! – protesté.

- A un hombre libre no le domina el karma – me reprochó él. - ¡Esa es la libertad, amigo!

- ¿Va a enseñarme lo que es la libertad?

- Solo si usted quiere, no se altere, todos nos equivocamos.

Bajé la cabeza deseando que de una vez terminase el ayuno.

- No quiero recibir una guantada – murmuré de mal humor, alejándome hacia la tienda que compartía con Danny para echarme en el catre y olvidarme del mundo entero.

No tardé ni diez segundos en caer rendido.



[1] Salmo 118:22

15 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

ד

ג

א.