• Jaim Royo

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Cuando desperté era de noche.

Me levanté a comer algo, aún me quedaban un poco de pan y unas cuantas guindillas amarillas que le había comprado a los etíopes del suk Carmel. Me gustaba la azotea de noche, por el silencio. De día, Tel Aviv es demasiado ruidosa, «una ciudad loca». De noche, en cambio, te enamora. No soy de esos que se dejan llevar por el canto de los muaddines pero puedo entender que a los turistas les resulte exótico, puedo entender que les remonte a nostalgias y lunas y que se pongan cachondos y de repente lo mezclen todo y se compren un pañuelo palestino y nos odien a los judíos, que somos millonarios, asesinos, invasores, controlamos el mundo y queremos esquilmar al resto de las naciones y además somos reptilianos y hacemos magia negra. El pack completo.

Me lavé las manos, me senté y bendije el pan.

Adar se había ido,

Vi la sombra de Danny deslizarse con su bicicleta hacia las escaleras.

- Adiós - me dijo. – Coge la botella.

Jon estaba dentro de su tienda. Le habían dado una para él solo, tenía la cremallera abierta y se le veía sentado sobre la cama con los ojos cerrados. Busqué su equipaje porque el equipaje de una persona te da bastantes datos, pero no encontré nada y pensé que lo había escondido.

Traté de concentrarme en la comida, disfrutar del picante y hacer de tripas corazón. Hacía tres meses que había llegado a Tel Aviv para casarme con una chica rusa, muy guapa, que me dejó a las tres semanas de llegar porque se dio cuenta de que éramos, dijo, muy distintos. Yo creo que me dejó porque soy pobre, en cuyo caso, ser muy distintos era un modo formal de no herirme. Me pareció bien, porque una cosa es romperle el corazón a un hombre y otra pisotear los pedazos; además, mi corazón ya está destrozado y, como dice el proverbio yiddish, “no hay nada más completo que un corazón roto”, quiero decir que aprecio los buenos modales cuando se trata de seguir rompiendo algo. Destrózame con cuidado, amor mío. Mis últimos shekels los había empleado en comprarle a la rusa un anillo de oro con dos jades y unos zarcillos de plata con la estrella de David que le encargué a un artesano. Todavía la quiero, aún sueño despierto con sus caderas anchas y redondas y su melena caoba hasta la cintura; su pecho tan suave y blanco y esa risa alegre y descarada como ella. Había tenido la esperanza de recuperarla gracias a mi sueldo en la escuela de surf de Hilton Beach, pero no.

Fui a darle un trago al araq.

Los pimientos amarillos del etíope me hacían cosquillas en el cerebro y sentía fuego en los labios. Quien piense que para estar a gusto necesitas un banquete es que no sabe; así, en general, no sabe.

Miré al cielo.

Las modernas viviendas que rodeaban nuestro edificio cochambroso tenían abiertas las cristaleras de los balcones. Distinguí a través de un ventanal una enorme pantalla de televisión en la que echaban algún partido. En otro balcón, un chico en albornoz y calzoncillos bailaba con los cascos puestos. Eran buenas casas. Recordé la del rabino, las suaves alfombras y los cuadros abstractos, las mesa larga y robusta de su salón. En fin, cuando nos duchábamos en la azotea del 15 de Rashi St. se nos veía desde los bloques de alrededor y entonces también me solía acordar del rabino, a quien le hubiera parecido una falta de recato estar desnudo en el tejado.


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