• Jaim Royo

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Empezábamos shajrit a las 5am. Mi sinagoga estaba en Avraham Stern, en el barrio de Florentin, pegado a Yaffo. Una pequeña sinagoga de hombres sencillos, trabajadores. La primera vez que entré tenía el hambre clavada en las pupilas y el alma en un puño. Dasha, mi novia rusa, acababa de dejarme y la verdad que me sentía flotar; para mal, porque se puede flotar para bien y para mal y cuando flotas para mal hay que ser experto porque es vertiginoso, rápido, y brillan muchos colores y los sonidos aumentan sus aristas y volúmenes. En esas condiciones hay que mantener la calma, es como pasar un cinturón de asteroides. Llegué a la sinagoga aquella tarde eléctrica con los trozos de mi amor entre los dedos y la cabeza centrifugando, recé como quien llora y me fui. Rezar, se dice fácil. En general, es fácil hablar para todo lo que hay dentro de las palabras. A la mañana siguiente se leía una porción de la parashá Miketz, la de los sueños del Faraón. Me subieron al séfer, siempre es un alivio que te suban al séfer. Me tocó la parte en la que el Faraón se levanta agitado y hace llamar a los magos para que le interpreten los sueños que ha tenido. Ninguno le convence, se enfada. El copero real le cuenta que estando preso coincidió en la cárcel con un muchacho hebreo que interpreta los sueños, y Yosef es llamado a la presencia del Faraón. Yo deslizaba mis ojos sobre las letras mientras el lector cantaba el texto dibujándole el alma con su puntero de plata, y allí subido, en la tebah, uno se siente flotar para bien, el tiempo es largo y ancho y profundo, la luz clara y los sonidos cerrados. Mi sueño no es grande: esposa, hijos, familia; o quizás sea el sueño más grande que alguien pueda tener. No debería decir que lo echo de menos porque nunca lo he cumplido, pero cuando veo a un hombre con su mujer y a los niños correteando entre las piernas, entonces sí lo echo de menos. Mis padres murieron al poco de nacer yo, en un accidente en la carretera de Tetuán a El Aaiún. Hasta los siete años crecí con mi abuelo, argentero de oficio, un hombre tranquilo.

Lo mataron cuando la Marcha Verde.

- O se levanta y camina o le rajo la garganta – le dijo un soldado.

Mi abuelo pronunció en hebreo la bendición que decimos al enterarnos de una muerte y le miró.

- Soy muy viejo para caminar – respondió en árabe.

El soldado le cortó el cuello.

El ayudante de mi abuelo era Adino Mazuz, un mauritano fuerte como un gigante y pausado como un buey. No se dónde está ahora. Él me cogió en brazos y echó a andar detrás de los tanques. Pasamos juntos los siguientes quince años. Según la Ley, los alumnos somos hijos de nuestros maestros. Mazuz me hizo llamarle Mesharet, que en hebreo significa criado.

- Tu padre es la Torah y tu madre el Shabbat – solía decirme.

No se fiaba de nadie, conocía el mundo y nunca falló dándome un consejo.

- ¿Sabes lo que ésa va a hacer contigo? Te va a masticar, triturar y escupir los pedazos.

- A mí es que me gustan las malas – le respondía.

Y él me reprochaba:

- Para madre mejor una vaca que una tigresa.

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