• Jaim Royo

DE PEQUEÑO SABÍA QUE TODO SURGE DE LA NADA



Una vez le conté mi vida a alguien y se creyó que era ficción.

Hay cosas tan dolorosas que mejor no contar.

Esta tarde he ido a comprar papel burbuja. No se porqué lo llamo papel burbuja si es plástico. ¿Me pedonan por usar plástico? He caminado muy despacio, mirando el monte por si veía algún corzo; a las marismas, a los patos tan graciosos volando. La tarde estaba entre brumosa y clara, no hacía demasiado frío. Me ha venido bien el paseo hasta el pueblo. La casa en la que vivo es una nevera y a veces te causa náuseas, aunque lo cierto es que la pena también puede llegar a somatizarse con náuseas. Habrán sido las dos cosas. Me ha venido bien el paseo, por lo menos he visto gente. Una señora me ha saludado al adelantarme, no la conocía. Venía por detrás contándole a su amiga que era importante meditar. Sí, pensaba yo, lo es. Eso pensaba mientras escuchaba los pasos de ambas acercándose por detrás. Nos hemos mirado y ha dicho hola. Hola, le he contestado. Y luego me he subido al bordillo que hay entre la carretera y el carril bici y he andado por encima de ello, acordándome de cuando en 1996 hacía equilibrio sobre los raíles del tren por el desierto de Wirikuta. Me dije con certeza que era un niño, y me parecío bien. Un niño de 52 años, dijo la voz con la que hablo para entretener la soledad del campo. En el campo uno vive apartado y solo, habla con los pájaros, con los gatos, con las arañas, con los árboles, las plantas y con uno mismo. El plástico de burbujas lo he comprado en un almacén chino. ¿Me disculpan por decir almacén chino? La cajera es alegre. Al menos, a mi me contagia alegría su manera de hablar y de moverse. Me ha dicho mal donde estaba el plástico burbuja, pero me ha venido bien porque así he paseado tranquilamente por los kilométricos pasillos pensando en la de pequeñas cosas sencillas que me llevaría y recordando aquélla otra época en la que le compraba a mi hija cositas de niña. Ahora ya es mayor. Quiero comprarle un vestido. Después, he ido al supermercado de enfrente a por una botella de zumo de naranja recién exprimido. Es un gran lujo que me permito en memoria de mi aún viva madre. Las madres nunca te dejan. Había muy poca gente en el supermercado. Me ha saludado un joven con un tatuaje en la sien, o en el cuello, pero creo que era en la sien, y se ha reído en plan compinche. Luego hemos vuelto a coincidir a la altura de la comida para mascotas y entonces toda su familia me ha saludado. No se quiénes eran. También la cajera me ha sonreído y sido amable de un modo cariñoso. Al fin y al cabo, no hay muchos clientes que vayan a comprar andando a través del monte y las marismas y regresen con las bolsas a casa por el mismo camino. La guardia civil me paraba mucho cuando el confinamiento. En general, la guardia civil me para mucho. Todas las guardias me paran, no se, les resulto sospechoso. Creo que es mi ligereza, ese vacío cada vez más grande que me habita y guía, llevándome con la calma mansa de las bestias a través de las piedras. Es muy triste todo, con la fácil que sería quererse. En fin, mientras regresaba a casa se me ha ocurrido un pensamiento interesante. Me ha hecho gracia y he pensado en anotarlo cuando llegara, pero se me ha olvidado. Quizás era algo referido a la ligereza que me habita. Sí, debía ser algo de eso, lo que precisamente hace soportable la pena: el vasto territorio infinito que cabe dentro del Hombre y todo lo traga. Me parece que es amor. Creo que he llegado a un buen puerto. Bueno, no yo; la criba que el universo nos hace hasta volver.

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