• Jaim Royo

א.

Actualizado: may 5

א.

Un mal día lo tiene cualquiera.

Si el mal día es la fecha más catastrófica del calendario judío, le zurras a un cliente y pierdes tu trabajo, te da que pensar. El chaval había dicho que boxeaba, era dos veces más ancho que yo y me sacaba diez centímetros; todo músculo, un cuerpo de esos trabajado en el gimnasio. Le saqué de la cabaña como a un trapo, le planté un directo con la izquierda y arrojé su neopreno a una planta con pinchos, pita exótica creo, o magüey. Lo del neopreno en la planta me hizo gracia, incluso en el momento me hizo gracia porque quedó bien extendido sobre las hojas tiesas y picudas. Allí se quedó el traje de agua hasta después del altercado, cuando un compañero lo recogió pulcra y silenciosamente. A mi colega se le notaba afectado y, al verle, empecé a darme cuenta de lo que había hecho.

Llamé al jefe.

Le conté la historia desde el principio, la cosa venía de atrás, tenía miga; solo que cuando le pegas a un menor eres culpable por mucho que el menor sea más grande que tú y se haya puesto a gritarte a un milímetro de tu cara. Estas cosas se entienden en la barra de un bar, no en los tribunales.

- ¿Qué le has hecho? – me preguntó el jefe.

- Un directo con la izquierda.

- ¡Samuel!

- Lo que tienes que hacer es echarme; me echas, vamos a verle y le doy mi carnet para que me denuncie a mí y no a tu empresa.

- Voy a ir a hablar con el chaval. ¿Está bien?

- No sé, parecía contusionado, sin más.

- De acuerdo, tómate el día libre.

Lo del día libre era un eufemismo. Me llamó al cabo de una hora, me preguntó si estaba tranquilo y si estaba dispuesto a disculparme. Le dije que sí, que estaba tranquilo y me podía disculpar.

- Ok - respondió, y quedó en recogerme en una entrada de la playa.

Llegó con la furgoneta negra de las tablas, subí y me llevó a un parking de HaYarkon St., más allá del Hilton. Ahí volví a contarle todo. Él dijo que me entendía y yo le dije que le entendía a él. Llamó al monitor a cargo del chaval. El monitor era la semilla del asunto, si me hubiera hecho caso nada de esto hubiera sucedido, pero no me hizo caso ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera.

Quedamos en la playa, a la altura del MacDonalds. Fue muy sencillo, nos sentamos en la arena. Yo tenía a mi derecha al chaval, en frente al monitor y a mi izquierda al jefe. Empezó hablando el jefe, un discurso redondo. Que si jamás hubiera imaginado, que él sabía la carga de trabajo que tenemos encima, que yo no pasaba por un buen momento pero que nunca hubiera pensado que reaccionara así, en fin. Luego me tocó a mí, no me anduve por las ramas.

- Lo que he hecho no tiene excusa, nunca debí haberlo hecho – le solté al chaval – No voy a decir nada más, te pido perdón.

- Tus problemas son tuyos – empezó él, respondiendo a las palabras que el jefe había dicho de mí. – Uno no tiene que llevarse los problemas al trabajo, pero si las disculpas son sinceras podemos zanjarlo aquí.

Me miraba, supongo que el chico trataba de averiguar si mis disculpas eran en efecto sinceras. Vi en sus ojos la misma chispa de luz de cuando estábamos uno en frente del otro dispuestos a rompernos la cara, era un tipo noble.

Me tendió la mano.

La estrechamos y el jefe nos llevó a tomar café. Yo estaba ayunando y además no tenía cuerpo para tomar café. Mientras el jefe guiaba la conversación tratando de aligerar tensiones, aproveché para que el chaval le hiciese una foto a mi carnet.

- Hazme caso – le dije, – por si acaso cambias de opinión, o tu padre.

Le sacó una foto.

Solo entonces estuve seguro de que no iba a denunciarme.

Total, que me vi de patitas en la calle. Había recibido por adelantado la paga del mes para saldar una vieja deuda, así que estaba sin blanca, con la temporada acabando y sin perspectivas de encontrar otra cosa por el asunto de la pandemia.



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