• Jaim Royo

El síndrome de Brown

El marrón de toda la vida, me lo diagnosticó una doctora poco antes de que naciera mi hija. Había ido a verla porque un rumano me había zumbado un directo en el gimnasio de boxeo y me sentí vibrar como un poste en los dibujos animados; tras lo cual, las siguientes semanas me dolió un poco la cabeza. La doctora, que me leyó bien, dijo que sólo estaba estresado por los ires y venires y asuntos varios que preceden al nacimiento de tu primera hija. Recuerdo que entonces te daban dos mil euros por niño, ¡cómo ha cambiado la película! El caso es que le caí simpático a la doctora, de cuyo perchero colgaba una chupa negra de cuero, y empezó pedirme que siguiera a sus dedos con la vista.

- ¿Cuántos dedos ves? - preguntó.

- Uno.

- ¿Y aquí? - y lo subió un poco.

- Ahí lo veo doble.

- Síndrome de Brown - dijo - El nervio óptico de tu ojo izquierdo no tira.

- ¿No es normal ver doble cuando se mira de abajo a arriba?

- ¡Claro que no es normal!

Yo llevaba desde bebé viendo doble en ese ángulo, pensaba que era así el asunto para cualquiera. Fue una buena lección: las cosas pueden ser distintas a cómo siempre habías creído por más que lleves toda la vida viéndolas de otro modo.

Por lo demás, la doctora estaba segura de que no tenía nada más que el estrés de un padre primerizo. Por si acaso, me mandó una resonancia, me dio el nombre del médico que la interpretaría y me dijo que, solo si yo quería, fuese después a contarle qué tal.

He pensado muchas veces en aquella doctora que me descubrió el síndrome de Brown y en su chupa negra de cuero colgada del perchero. Y me gusta pensar en ella y esa niebla matutina de lo que no será, porque ya fue y era inmejorable. Virginia, se llamaba, o tal vez ni siquiera se llamaba Virginia y da lo mismo. Son los retratos que D_os hace con nosotros.

Ahora estoy en casa, una de tantas por las que paso en este tránsito, escribiendo sobre un baúl en el que guardaré alguna ropa cuando me vaya. Tengo cosas aquí, y allá y otro poco más lejos. Cosas diseminadas, cosas que me gustan pero a las que entiendo bien cuidadas donde las dejo en espera de poder reunirlas un día. Sillas tapizadas, muebles giratorios, prismáticos del XIX, en fín, souvenires y ropa. Y pienso en mi gato que se vino conmigo a Tel Aviv y vivía por los tejados. Ahora está en el norte con su gata negra. Él es blanco. Hablo con el todas las noches, a veces también por la tarde si me echo un sueñecito, porque camino mucho y cansa caminar tanto, así que a veces me echo un sueñecito a las tres. Aunque lo que más cansa y menos se entiende, es la pobreza. Nadie que no lo haya vivido sabe cuánto cansa la pobreza, cómo cala en los huesos y en el ánimo, ni la alegría que uno siente cuando el destino dobla la esquina y te ragala una barra de salchicón y una botella de vino.

¡Bendito el síndrome de Brown y todo lo que venga!






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