• Jaim Royo

EXPLORADOR XXI

Actualizado: hace 2 días

[ Ilustración portada: Gabriela Royo ]


Ensayaban, hay registros que lo atestiguan.

Millones de videos.

Millones de fotos.

La vida eran álbumes.

Facebook, el libro sagrado.

Ventanas a una sala amable.

Triunfo litúrgico de la representación.

«A social utility that connects people»: el dogma.


Yo me recluía en el laboratorio.

Procesaba imágenes latentes.

Rollos de celulosa y cristales de haluro cargados de vanidad y vacío.

La base hidrosoluble contenía suficiente ácido para abrasarme la piel.

Pero la vanidad y el vacío ya habían abrasado sus retinas.

No veían más que un fulgor grisáceo..

Avanzaban, se tocaban.

Sonreían todos.

Asentían en posturas grotescas.

También hacían cosas que jamás hubieran retratado.

Esas no estaban en los álbumes.


A mí me gustaba la paz del cuarto oscuro.

Un artesano del antiguo método.

Me interesaban los clichés.

Tiras de película fotográfica con imágenes negativas: mapas exactos.


Yo y la gran máquina nos veíamos.

Mi cuerpo frío y mecánico como sus lentes.

Observar era el método.

Permanecer frente al cristal sin empañar el zoom con mi aliento.


Desde el principio existió el riesgo de perderme entre los círculos y anillos del sistema.

Sin embargo, no cesé de acechar un solo instante.


Quizá sólo buscara compañía.

Quizá borrar la imagen fatua con que me habían desplazado.

Manchas sobre la pulcra oscuridad de mi sombra, aberraciones ópticas.


Yo un espacio restringido.

Decline invitation.

Películas demasiado sensibles.

ISO 3200/36º, grano grueso, materia confusa.

Los agentes blanqueadores habían pervertido la visión.

Sulfato de bario, cloro-bromuro y gelatina para engañar a los ojos.

Acostumbrados al retoque, evitaban descubrirse.

Comunión contra el pánico.

Pero el pánico absuelve.


Bastaba enfocarles.

Ese era el truco, la inexorable succión de una pupila digital.

Una mirada como el fin cierto.


Y no pensaba renunciar a mi labor.


Me mantuve en las leyes e instrucciones.

Mis pensamientos parte del proceso, contra-placas esféricas.

Compacto, homogéneo, una arandela de acero y cerámica.

Rodamiento antifricción capaz de soportar cualquier fuerza centrífuga.

Ideas hechas de materia y silencio.

Visor impertérrito de sus dudas; ellos viniendo.


Una vez en el objetivo, su tentación aumentaba.

Aunque algunos eran prudentes y esos fueron los mejores.

Otros no intuyen su aniquilación.

Entrometer a la piedad no era asunto mío.


El diafragma sonó a espaldas del primero.

Subió el espejo y el pentaprisma invirtió y proyectó la imagen.

Luego el tambor giró unos grados y la película avanzó llevándose el espectro.


Él añoraba los abalorios de su percepción.

No dejé de acompañarle y jamás confió en mí.

Pero se había contemplado.


«Paciencia», escuché.

O tal vez fui yo quien lo pensó.

Luego volvió a ser todo perfecto y aún el sistema me fue más pleno y solitario.


Le siguieron otros.

Yo escuchaba sus latidos histéricos.

Mis manos largas podían comprenderlo.

Nuestro infinito cuidado les era insoportable.

Meterlos en la bolsa opaca.

Tela impermeable a la luz en donde trabajar sus corazones.


¿Tan terrible la oscuridad y nos alberga?


Una fría excitación lamió mis dedos.

Todo dispuesto: recipientes, espirales, varilla.

Me pregunté cuántos se hubieran arrojado al vacío de no haberlo llevado consigo.

De poco les sirvieron sus me-gusta.

«Un selfie» susurré.


Guantes de látex.

Eliminar derivados.

Temperatura correcta, agitar cinco segundos cada minuto y medio.

Ellos flotaban en mi solución como estrellas náufragas o extenuadas.

Yo no cesaba de removerlos con la varilla.

No quería lágrimas claras.

Ninguna raya en sus límpidas verdades.


La Ley se aplica con exactitud.

Una rutina inalterable.

Requiere concentración, el mal.


El retrato surge de una placa metálica y negra.

A ellos les duele.

Ellos son su castigo y el castigo es su remedio.

Otro baño en ácido y lo real comienza a amalgamarse.

Un bello momento el bautizo.

Una lasca de abismo.


Cuanto más grande la herida, más prístinos luego.


Almacené los negativos.

«¿Qué nos has hecho?»

Se miraban las manos tan negras: «¿dónde estamos?»

«Perfecto» pensé: «la luz masivamente en sus pupilas


«¿Quién eres tú?» decían.

«¡Sácanos de aquí!»

Yo les miraba.


Aquel era un buen lugar para la meditación.

La chispa peregrina en los circuitos no dice la verdad, pero la enseña.

Un viraje, así está dispuesto.


Les envolvía sin tocarles.

La máquina devoradora los sostuvo.

El artefacto es la entrada.

«Nada más» escuché.

O tal vez lo pensara y todo fuese perfecto.


Ruiditos de laboratorio.

El concretísimo trasiego de la revelación.

Rodamientos que giran, esferas de aluminio.

Extraer los contactos, plancharlos con una lámina de vidrio azul.

Retirar el filtro.

Y he ahí la copia: Mor

Corazón del sistema.


“Explorador XXI” es una pieza extraída mientras las placas tectónicas de mi mente se desplazaban preparando sushi.

Hoy es miércoles.

Hace 31º C

Son las 17:19.

Viajo en un Airbus 320 sobre el océano Atlántico.


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