• Jaim Royo

Ojo blanco

Actualizado: hace 1 día

Un ojo blanco, asusta; un gato blanco con un ojo blanco, ni te cuento. Una suerte echada; otra, salvada. No escribo para que me entiendan. ¿Alguien lee para entender a otro? Nadie. Leemos para entedernos a nosotros mismos. Solo un chismoso busca al escritor en sus palabras.

La huida es hacia adelante, como el espejo si acaso quieres verte; como el horizonte y como la muerte. Y están todos aquí al lado: la muerte, el horizonte, el espejo y usted. Usted que dice que escribo sobre mí mismo: miente. Suena terrible el destino y no lo es. Da miedo el bien. El mal es lo que mola. Si aún no te has dado cuenta sonríe a ese tipo del puro en la terraza y no te fíes del otro con coletas, kipá y barba que pasa con un carro cargando una mochila y el cajetín de un gato tuerto. Desde luego que tiene un pacto con el diablo, juega con él todas las tardes y le da de cenar a solas, cariño. Este es el pacto: estudia y seré tu mascota; no estudies y serás la mía.

El gato perdió el ojo haciendo tiempo en la calle mientras buscaba una habitación donde le admitieran.

Está disuelto el presente. Atrás, no queda nada. Delante, solo su rostro de ustedes que leen para entenderse a sí mismos. Lo que sea, leen lo que sea. Por ejemplo: si no has mirado de reojo a los cubos de la basura, si no has pedido el pan que se cayó al suelo del mercado, si no has pasado hambre y caminado entre alegres personas, jamás te encontrarás una pulsera de oro [21k] cuando vayas a comprarte un falafel a la otra punta de la ciudad con los últimos seis shekels que has reunido cogiendo moneditas del suelo. Y, en ese caso, deberías pensarte abrir la boca, escribir algo. No son los tiempos del paripé cuando la Muerte se sienta en la silla de tu cuarto, baby. Deberías conformarte con cantar para tu familia, unir a la tierra el cielo y ser: un hombre bueno. Ya puestos: una buena mujer.



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